
El síndrome de Stendhal es un conjunto de síntomas psicosomáticos —aumento del ritmo cardiaco, desorientación, delirio o alucinaciones, exaltación emocional, ansiedad, desmayo— desencadenados en una persona al exponerse a una experiencia estética que sobrepasa sus capacidades para asimilar ese grado de belleza. En ‘La sindrome di Stendhal’ se retoman elementos de los primeros casos y estudios psiquiátricos documentados en torno a las grandes obras de arte —expuestas en la ciudad renacentista de Florencia— para construir la atmósfera inquietante y la perturbación mental de los personajes dentro de un thriller de explotación.
En la película de 1996 ‘La sindrome di Stendhal’ —cine giallo con escenas de impacto en el subgénero psicosexual—, una detective viaja a Italia siguiendo la pista de un violador y asesino serial. Ella caerá víctima de sus crímenes y del estrés postraumático posterior a los ataques —añadiendo capas de alteración psicológica y una eventual crisis de identidad— además de desarrollar el síndrome de Stendhal. La veremos sufriendo episodios al contemplar pinturas en las salas de la Galería Uffizi —museo histórico con una de las colecciones de arte más importantes del mundo—, en espacios urbanos con graffiti y al observar cuadros colgados de las paredes, siendo diagnosticada y tratada por un psiquiatra mientras la investigación continúa.
En 1817, el escritor Henri Beyle —bajo el pseudónimo de Stendhal— dio el primer testimonio del fenómeno que experimentó al visitar la basílica de Santa Cruz, en Florencia, atribuyendo sus malestares físicos a las sensaciones y emociones en su punto más alto, producidas por las Bellas Artes. Cientos de casos similares surgieron después entre los turistas que visitaban distintos puntos de la misma ciudad y eventualmente fueron objeto de estudio para la psiquiatra —e historiadora del arte— Graziella Magherini, quien categorizó como síndrome estas reacciones y publicó en 1979 su investigación ‘El síndrome de Stendhal: el malestar del viajero frente a la grandeza del arte’. En la cinta, el libro es consultado y citado textualmente por el psiquiatra para darle tratamiento a la detective.
El primer episodio de este padecimiento ocurre en la Galería Uffizi. Aunque no todas las obras que se utilizan durante la escena se encuentran alojadas en ese museo, sirven como referencia inmediata para el espectador y poseen una carga simbólica y mitológica. La detective comienza a sufrir alucinaciones auditivas: el viento parece soplar con fuerza al observar ‘El Nacimiento de Venus’ de Botticelli —símbolo de belleza femenina idealizada, concepto trastornado por el delincuente—. Queda paralizada al ver la cabeza de ‘Medusa’ de Caravaggio —víctima transformada en monstruo, como ocurrirá con la mujer policía en la trama—. Finalmente, antes de perder el conocimiento, en sus desvaríos es transportada al interior de un cuadro: ‘Paisaje con la caída de Ícaro’ de Bruegel —como premonición de su desenlace trágico al intentar atrapar al criminal, elevándose hasta lo más alto para luego caer al fondo del océano y ser besada por una extraña criatura submarina—.
En el cuarto de su hotel, la detective se encuentra con una reproducción de ‘La ronda de noche’ de Rembrandt, una pintura que muestra una compañía militar integrada solamente por hombres armados y la figura de una niña que destaca de manera inusual entre ese grupo —al igual que ella en el cuerpo policial—. Decide cubrirla para dejar de verla e interrumpir las visiones que le provoca, sin embargo, ya está en el centro del conflicto —metafórica y literalmente—, marcando el momento previo al primer ataque.
La segunda agresión ocurre en una zona de cloacas abandonadas, donde las paredes están llenas de graffiti con letras y figuras que también poseen la cualidad de estimular los síntomas. Esto plantea que las imágenes artísticas de cualquier índole —incluyendo el arte urbano— pueden ser percibidas por su valor estético.
Hacia el final de la película se nos revela que la detective ha sufrido una crisis de identidad, apropiándose de la personalidad depredadora de su victimario —a quien asesinó— y ahora ella desea matar a su nueva pareja, para destruir la representación de la belleza masculina idealizada y del amor platónico. Este asesinato ocurre en otro museo, en una sala llena de esculturas clásicas —relacionadas a esos mismos significados—.
Aunque durante la película se utilizan únicamente disparadores visuales —pinturas y esculturas—, este padecimiento puede ser provocado por otras manifestaciones artísticas, como al transitar una obra arquitectónica o al escuchar una pieza musical.
El criminal es consciente de que la mujer detective padece el síndrome de Stendhal, haciendo comentarios sobre el poder que puede tener el arte en nosotros —él utiliza la violencia sexual como instrumento de control y dominio—.
Sabemos, mediante un flashback, que la madre de la policía solía llevarla de viaje a diferentes museos y que tuvo una educación en apreciación estética —además del interés que muestra por el arte a lo largo de la cinta—. Más que necesitar un alto grado de formación académica, los estudios confirman que las personas más propensas a estos síntomas poseen alta sensibilidad.
El síndrome de Stendhal es una reacción de sobrecarga sensorial y emocional ante ciertas experiencias artísticas, que sobrepasan la capacidad del espectador para procesar los estímulos que percibe. En ‘La sindrome di Stendhal’, esta influencia del arte sobre los sentidos es llevada al extremo de la alteración psicológica, en un tono muy característico el cine giallo de explotación.